Nunca nadie me compró unos zapatos. Nadie me ayudaba. Pero aun y asi fuí terminando de a poco todos los grados de estudio, luego obtuve 2 licenciaturas, y 2 maestrías y un doctorado en Ciencias Políticas.

Es la primera vez que voy a abrir mi corazón y que voy a abrir mis heridas, esas que con tanto trabajo cerré. Quiero dar a conocer mi historia con la finalidad que todas aquellas mujeres, hombres y niños que estén pasando por situaciones difíciles sepan que hay una esperanza para cada persona. Siempre que uno quiera.
Mi nombre es Marina y vengo de una comunidad indígena. Soy la quinta niña de mi familia y desde que tengo conciencia siempre noté algo raro en mi padre. Cuando mi mama paría, lo primero que le preguntaba era: ¿Qué fue? Si había sido niña, entonces empezaban la violencia, los regaños. Entonces supe que era malo ser mujer. A los 4 añitos nació mi hermanito y ese dolor fue aún más grande. En el momento que nació mi hermano el trato fue completamente diferente. En mi mentalidad de niña yo decía: ¿Qué diferencia tiene el? ¿Por qué a mi golpes y maltratos? ¿Que tiene él de diferente? Pero era una niña de 4 años y no entendía, por mucho que buscaba respuestas, no las encontraba.
Un dia entre un montón de escombros me encontré un espejo. Me acerqué y al principio no supe qué era, pero me di cuenta que podía ver mi rostro reflejado. Me dije: “Esto me puede a ayudar”. Llegué a la casa y le dije a mi hermano: “Ven, mueve los brazos, mueve los ojos”. Quería ver qué nos diferenciaba, pero por más que miraba, no encontraba la diferencia entre él y yo. Nunca la encontré.
El tiempo pasó y, un día, cuando ya tenia 12 añitos, mi mamá me pidió que fuera a recoger leña. Cuando regresé, había un hombre en la casa. Entonces mis papás me dijeron:
– Este hombre es con quien te vas a ir. Estas tres mujeres que lo acompañan son sus esposas, pero no han tenido niños. Tú si lo vas a tener.”
Yo les respondí: – No lo voy a hacer! No quiero! Aunque me obliguen no quiero! Corrí a meterme debajo de la cama. Ellos empezaron a pincharme con un palo que tenia una punta afilada y pronto mi cuerpo empezó a mojarse de la sangre de mis heridas, pero no salí. Sabía que si lo hacía, me llevarían con ese hombre y nunca volvería.
Al dia siguiente llegaron las autoridades y dijeron a mi padre: – ¿Sabes qué? Tienes un problema. No podemos creer que una mujer se haya atrevido a desobedecer. Ahora toda tu familia tendrá que abandonar el pueblo. Ese día mi papa volvió a golpearme. Me dijeron: “Por tu culpa ahora todos nos vamos a ir”. Tomaron la decisión de irnos todos al pueblo más próximo. Salí con lo puesto de casa.
Llegamos al amanecer y entonces mi papá me miró a los ojos de frente y me dijo: – “¿Sabes qué? Que te vas a quedar aquí. No te vienes con nosotros. ¿Ves esa casa con arcos? Ahí te puedes dormir, con nosotros no te vienes. Lloré y supliqué que no me abandonaran: ¿Qué iba a hacer? Lloré y lloré mucho. Recuerdo que fue un día muy lluvioso y las gotas de lluvia se fundían con mis lágrimas. Me quedé en ese lugar con la esperanza que mis padres volvieran a por mi. Pero eso, nunca sucedió. Encontré unos cartoncitos, y ahí me dormí. En mi soledad dije: “Voy a echarle ganas y voy a trabajar, y algún día voy a ser como esos niños que aparecen en los carteles, bien vestidos”.
Comencé a trabajar mucho, día y noche y de a poquito empecé a ahorrar con los trabajitos que iba haciendo. Mi ilusión en la vida era ser alguien y estudiar. Tenía un anhelo muy fuerte de estudiar. Cuando cumplí los 14 visité varias escuelas, pero en todas me decían que ya era demasiado mayor. A pesar de eso, seguí insistiendo: “Quiero estudiar, quiero estudiar!”
Un dia una señora me vio llorando y me preguntó qué me pasaba. Le expliqué mi situación y me dijo que me iba a ayudar. A los pocos días me presentó al director de un instituto nacional de adultos. Cuando hablé con él me dijo: -“Veo el hambre que tienes de estudiar. Te voy a ayudar. Quiero que pongas en tu corazón lo que voy a hacer por tí. Yo voy a ser el arco y tu la flecha, y en este momento te voy a colocar y voy a tirar, y en el momento que suelte esa flecha, tu vas a salir directa, no quiero fallas, vas a ir siempre al centro.” Esas palabras me dieron mucha fuerza.
Empecé a estudiar con muchas ganas, queriendo ser la mejor. Durante todo ese tiempo no pude ni comprarme unos zapatos, porque todo el dinero que ganaba era gracias a becas. Nunca nadie me compró unos zapatos. Nadie me ayudaba. Pero aun y asi fuí terminando de a poco todos los grados de estudio, luego obtuve 2 licenciaturas, y 2 maestrías y un doctorado en Ciencias Políticas.
Cuando fui a estudiar a la universidad de Cambridge recuerdo que en el avión de camino hacia Londres,me dije: “Nunca volveré a este país que tanto dolor me ha traído”. No quería ni tener la nacionalidad mexicana. Por fortuna, una amiga me dijo: Marina estas muy herida. No conoces nada de tu cultura, cuando la conozcas vas a cambiar. Ten estos libros y leélos”.
Cuando terminé de leerlos, entendí que mis padres y mis ancestros no tuvieron la culpa. Todo era parte de un ciclo de costumbres transmitido de generación en generación. Nadie les enseño a ser buenos padres. De la misma forma que fueron educados, así educaron. Entendí que debía perdonarlos y decidí ser feliz.
El dolor me ha hecho una mujer fuerte, me ha enseñado a no temerle a nada, a cumplir todos mis sueños, y ayudar a quien lo necesite. El dolor, si quieres, te enseña a ser muy fuerte. Cuando llegas a esa comprensión tienes la fortaleza para afirmar: “Voy a salir adelante y jamas voy a ser vencida”. El dolor no es para que te quebrantes y te debilites, y digas: me voy a drogar, me voy a prostituir…lo que sea, porque en la vida vas a tener muchas guerras, y cuando ganas una, es mucho mas fácil ganar las que vengan por delante. Y todas las cicatrices quedarán ahí para que recordarte y decirte: “Lo pude hacer!.” Las tristezas, los desamores, los desánimos…tienen que ser puntos de fortaleza para que podamos decir: “Yo puedo y lo voy a lograr”. Esa es mi filosofía, mi mentalidad.
Para mi, el propósito de la vida es ayudar al prójimo. Si veo a alguien que esta pasando por una mala situación, y gracias a mi ayuda, me devuelve una sonrisa, ese es mi gran regalo. No te imaginas la satisfacción que recibo. Creo que esa es la mejor medicina que existe para el alma.
Por último quiero decir, que mi testimonio, ha ayudado y marcado a muchas mujeres. Pero yo no quiero su admiración, yo les digo: “Admírense ustedes. Díganse: yo quiero ser como esta mujer que de la nada, resurgió. Voy a ser una mujer chingona, empoderada y no voy a tener miedo”.
Para mi es muy gratificante ser ese ejemplo de vida.
